enero 13, 2020

|

de: innovaatioadm

|

Categorías: Uncategorized

Más allá de la marca.

Más allá de la marca.

Creo que  la vida de cada persona es una “marca propia”, que nace desde que uno viene al mundo, crece y se consolida; una marca influenciada por el entorno y vivencia de nuestros primeros años y que se construye en forma permanente durante nuestra vida, donde se  moldea el ser de cada uno y que acorde a los caminos que elijamos, nuestra propia esencia, experiencia y personalidad, así como las decisiones que tomemos, obtendremos el grado de impacto y trascendencia hacia los demás, lo que simplemente puede significar la ruta hacia el éxito o el fracaso mismo, en nuestra vida personal o profesional.

Indudablemente somos únicos en el mundo, eso hace que cada uno de nosotros tengamos por sí mismo una identidad, base fundamental para convertirnos en legítimas marcas diferentes, que pueden o no, lograr tener estimación, admiración, preferencia, amistad e influencia en los demás y que la propia vivencia de cada uno, en ese cambiar constante, nos posibilita edificarla sin fin.

Cada momento, cada tiempo vivido y compartido, influye decididamente en la percepción e imagen que tienen los demás de nosotros mismos; lo que somos, es seguro, que es como nos percibe el mundo y como nos comunicamos y trasmitimos hacia los demás.

En esta reflexión, viene a mi mente un momento vivido y que siento que cambió de una forma acelerada la percepción de los demás sobre mí; hecho que quisiera compartir con mis amigos:

Cuando era pequeño asistí a mi primera escuela, el Colegio Almirante Miguel Grau, en el distrito de San Miguel, una escuelita a la que amé desde niño y donde pude compartir con niños humildes, vivencias, emociones y limitaciones comunes; hasta ahora recuerdo, cuando mi abuelita me cosía los pantalones cortos que usaba y las chompas anchas tejidas por mamá, además del pequeño banquito donde me sentaba cada día y que fue producto de una tarea que encargó el colegio a los papás, lo que hizo que mi mamá lo construya en madera clavada por ella misma; un banquito que pintó de color rojo.

Un día, el colegio preparó un homenaje a las mamás por el día de la madre, para lo cual los profesores decidieron que lo central de esta celebración, debería ser un poema recitado  por un niño de 8 años, en el patio principal del colegio.

Es este día en mi memoria:

Casi ha llegado el instante más importante, las mamá gozan con los bailes y canciones de los niños y en unos minutos más se tendrá el poema a mamá recitado por Daniel.  Es en ese momento previo, que nuestra profesora María entra a donde estábamos muchos niños y nos informa que Daniel no estará en el acto final, pues no la llegado a la escuela y ella se acaba de informar que está enfermo, por lo que alguno de nosotros debe reemplazarlo.

Todos los niños nos miramos con temor y la profesora desesperada nos señala, pidiéndonos, uno por uno, que alguien de nosotros salga al frente y se atreva a decir algo a mamá; nadie responde y pasan algunos minutos de tensión. Uno de los niños para salirse de la mirada de la profesora, propone: que lo haga Teddy, a él le gusta conversar más. dice; la profesora voltea hacia mí y me pregunta:

– ¿lo puedes hacer?

– Me siento presionado y nervioso, es que no se ningún poema a mamá y le contesto,

– profe pero ¿qué digo?

– Di lo que sientas Teddy, no hay tiempo, ¡hazlo!

Salgo rápidamente al centro del patio, arrastrando mi banquito, me paro encima y en frente de todas las mamás digo: (algo que sigo recordándolo siempre)

– Para mi mamá y todas las mamás: “Mi Banquito”

– Mamita querida, hoy quiero decirte que Te amo; que todos los día pienso en tu amor y dedicación por mí.

Mamita amo mi banquito porque tú lo hiciste con tus manos y cuando estoy en mis clases, te siento más mamita linda; sé que lo hiciste con amor y que lo pintaste de mi color favorito el rojo; amo sentirte parte de mí y que me apoyas en cada momento, por eso ¡soy muy feliz!

Para todas las mamás del colegio: ¡feliz día de la mamita!  y nunca se olviden de amar lo que hacen por sus hijitos, porque nosotros somos felices si sentimos el amor de mamá. Algún día ¡Diosito nos hará construir, no un banquito, sino un cielo grande y hermoso para agradecerle todo lo que hacen nuestras mamás por nosotros!

Luego, me emociono mucho por los aplausos de todas las mamás, se me acerca la Directora y la profesora María, me abrazan  y mi profesora me dice: gracias por serlo Teddy, te queremos mucho.

Este hecho sencillo en mi niñez cambia tremendamente la opinión que tenían las profesoras sobre mí.  Cada vez, que había alguna iniciativa para hacer algo, me invitaban a ser parte de ellas y sentí que era más importante para todos, inclusive para mis amiguitos en mi pequeño colegio.

Finalmente, con esta anécdota y con muchas más que puedo recordar, son situaciones que marcan mi vida, y que, en esta refexión, pienso que hay algo clave que hace que nuestra presencia irradie y llegue mejor hacia los demás, algo que llega directo y se trasmite más allá de las palabras, y que inclusive, aunque podamos contar con todo el conocimiento sobre las diversas formas de construir nuestra marca personal y el uso de las metodologías, herramientas y técnicas que el mundo moderno nos ofrece para las redes sociales, tener fans y llegar a miles de personas, es posible que todo eso no sea suficiente para inclinar la balanza hacia la preferencia. Pienso que nuestra vida es como una permanente comida que cocinamos y que está en prueba; la que preparamos y ofrecemos cada día a los demás para que la prueben, pero que solo la hará única y preferida, si somos capaces de poner la sazón clave:

Esa sazón de nuestra comida que ofrecemos al mundo, es algo que aprendí desde niño y que hoy creo firmemente: trasmitir amor, compromiso y actitud, tomando decisiones y riesgos.

Construir nuestra “marca personal”, debe llevarnos a trasmitir lo que en esencia nos hace seguir siendo niños toda la vida;  amar libremente, soñar, enfrentar todos los retos y arriesgar con compromiso y actitud, es la clave que puede hacer la diferencia.